Angustia

Hola Hijo, hoy es lunes 16 de Octubre y te pude ver después de 2 semanas. No pensarás que en estos 14 días no te fui a buscar, ¿no? Fui todos los días que me correspondían. Unas  veces no me contestó nadie y otras veces me dijeron que te habías ido con tu mamá, que te preguntaron y que dijiste que preferías irte con ella. Pero vos no te preocupes que yo sé muy bien que vos querés estar conmigo. No quiero que te sientas mal cuando leas esto, yo sé que me mienten para mortificarme, para que de una vez por todas baje los brazos, pero eso no va a ocurrir. ¡Ah!, y el sábado pasado tampoco faltó el golpe bajo de “¿ahora te acordás que tenés un hijo?, si lo dejaste en la calle”. Es una situación tragicómica, vos sabrás,  porque eso me lo suele decir tu abuela, desde el lado de adentro de mi casa, la cual compré un mes antes de separarme de tu madre, y donde desde entonces vivís vos con tu mamá y con ella. Pero bueno, cada loco con su tema, cuando crezcas lo vas a entender.

Fuimos a la plaza y después a mi departamento, o “casa papá”, como le decís vos. También manejaste el auto de papá tres veces. Ya sabes prender las luces y las balizas, abrir la ventana, mover la palanca de cambio, tocar la bocina y hasta prender el limpiaparabrisas. No veo la hora de enseñarte a manejar en serio.

Tres horas se pasan volando, y más cuando nos vemos tan poco. Por suerte aproveché para llenarte de besos y vos me abrazaste a cada rato. Cantamos, bailamos, nos pusimos la remera de Boca, hicimos choque de panzas y nos reímos a carcajadas muchas veces. Pero cuando te dije que te tenía que llevar a tu casa te pusiste triste, me hiciste puchero y me decías: “No papá…casa papá”.  Y así fue como te subí al auto a disgusto.

En el viaje charlamos mucho, de la mano, obviamente, porque siempre me pedís que te de la mano y papá se las rebusca para agarrar el volante y hacer los cambios con la izquierda para evitar soltarte con la derecha. Estacioné a dos cuadras para que caminemos los últimos minutos antes de la despedida. Y cuando llegamos, la hecatombe. Tu abuela en la puerta esperándote. Y vos, al darte cuenta de que ya era la hora de separarnos, empezaste a llorar y a gritar descontroladamente. Te tiraste al piso, no querías entrar a tu casa. Tuve que agarrarte y entrarte a la fuerza. La situación la vimos tu abuela y yo, pero ella nunca lo admitirá y se lo llevará a la tumba.

Di la vuelta y me fui llorisqueando de la impotencia. La impotencia de saber que estás sufriendo y no poder hacer nada. La impotencia de saber que ambos compartimos la misma angustia de no saber cuándo nos vamos a volver a ver. La angustia de saber que, aun con un dictamen de un juez, tu madre no nos deja vernos el tiempo y de la forma que nos corresponde y, en definitiva, la angustia de no saber cuánto tiempo pasará hasta abrazarnos otra vez.