Hoy es 18 de junio de 2017. Es domingo, es el día del padre y es tu cumpleaños número tres. El último domingo que te vi fue el 16 de Octubre del año pasado. Hoy se cumplen 35 domingos que voy a buscarte y tu mamá impide que vengas conmigo, como así lo estipula el convenio homologado que ella misma firmó el 16 de febrero de 2016, y cuya ampliación volvió a firmar el 6 de abril de ese mismo año.
Entonces, como todos los domingos, fui a buscarte. El año pasado no pude compartir tu cumpleaños con vos porque cayó sábado, y los sábados no tenemos régimen de comunicación (así se llama técnicamente). Entonces, este cumple, que caía domingo y que encima era el día del padre, no cabía ninguna duda que lo tenías que pasar conmigo. Claro, ¿cómo no ibas a pasar el día del padre con tu papá? Entiendo que también era tu cumple, pero como el año pasado lo habías pasado con tu mamá, era obvio que este año lo tenías que pasar conmigo. O, en es su defecto, un rato con mamá y otro rato con papá, ¿no te parece? Creo que ese sería el pensamiento de cualquier persona de bien y de cualquier mamá que pone los derechos de su hijo por encima de cualquier otra cosa.
Pero como sabrás, hijo, las mezquindades y miserias otra vez volvieron a interponerse por sobre tus derechos, y por segundo año consecutivo no pudiste pasar tu cumpleaños con tu papá y su familia, y por primera vez te quedaste sin saludar a tu viejo en su día, como cualquier hijo lo hubiese deseado. ¿Viste que injusta que es la vida? Ya desde chiquito te toca darte cuenta.
A las 12 del mediodía, tal cual lo indica el régimen homologado, me presenté con una escribana en tu casa. Como era una fecha súper especial quería que quede todo certificado. Toqué el portero eléctrico y a través de él tu madre respondió literalmente: “hoy no te corresponde, no hay ningún convenio homologado sobre los domingos”, vil mentira porque ella misma lo firmó frente a mis narices, la de los letrados de ambas partes y la de la secretaria del juzgado, y del cual todos tenemos copia. Al instante, se abrió la ventana y se asomó tu abuela, quien se identificó ante la escribana y dijo: “Los domingos no te lo podés llevar, agradecé que lo ves los lunes y los miércoles. No hagas escándalo porque lo dejaste en la calle.” Quizá tu abuela se olvida de que no sos un objeto, y que no puede disponer de tu tiempo como si fueras de su propiedad. Quizá no se dan cuenta que con esas actitudes te lastiman y te hieren tanto o más de lo que me lastiman a mí o a tus abuelos paternos. Quizá tampoco se dan cuenta que no solo no te dejé en la calle sino que tanto vos como tu mamá y tu abuela viven en una casa de mi propiedad y por la cual pago todos los gastos, en la cual yo sólo pude vivir un mes. Quizá el odio injustificado y desmedido las enceguece, pero lo cierto es que es algo que yo no te puedo responder y que en algún momento vos solo te vas a encargar de preguntar.
Pero por suerte quedó todo registrado por la escribana en un acta notarial. No porque la justicia vaya a hacer algo. Si bien todo se presentó en el juzgado, ya no tengo esperanzas de que tomen alguna medida para que tu madre cumpla con lo establecido. Digo por suerte, porque cuando crezcas y preguntes, no solo será la palabra de tu madre contra la mía, sino que también habrá un acta escrita por una escribana y entonces se te hará más fácil entender algunas cosas y sacar tus propias conclusiones.