La Música como quimera del encuentro

Hijo, como ya sabés, a Papá le gusta mucho la música. De hecho, en gran medida vos estás acá por ella, y en particular por el punk rock. Si no me provocara tanta pasión, nunca hubiera tenido un blog, y sin el nunca me hubiera cruzado con tu madre.

Estando en la panza de mamá fuiste a ver a Bad Religion al Malvinas. Para cuando seas grande la banda posiblemente haya dejado de tocar, pero al menos te quedará esa linda anécdota para contarle a tus amigos. De bebé, cuando todavía vivíamos los tres juntos (y con Sami, por supuesto), te solía hacer dormir en mis brazos, boca abajo, dándote palmaditas en la cola y susurrándote muchas canciones del punk nacional. Flema y Superuva recuerdo que te cantaba mucho. El linyera, Tanto tiempo, El Blanco cristal, Hoy no me voy a bañar, Remeras rockeras, son todas canciones que en algún lugar lejano de tu cerebro las tenés que tener guardadas, junto con mi voz y el calor de mis brazos.

Cuando me separé de tu mamá, ella se quedó con un montón de objetos personales míos. Guitarras, bajo, amplificador, documentos, llaves del auto, ropa, bicicleta, computadora, etc. Si bien fue una actitud horrible, lo material, y quienes me conocen lo saben, es algo que no me preocupa demasiado. Pero había algo entre todo eso que me sustrajo que me dolió porque tenía un valor emocional enorme, que era mi colección de cds. 90% discos de punk rock de todas las latitudes que fui juntando por más de 20 años. Imposible valorizarla. Ella lo sabía y por eso lo hizo, para golpearme duro. No me duele tanto por el objeto ni la música en sí. Ya me amigué con spotify y en breve quizás me compre un reproductor de vinilos para canalizar ese gusto tonto por comprar discos. Me duele mucho más otra cosa. Soñaba, y se lo había contado a tu mamá, escucharlos con vos, uno a uno y repetirlos infinitas veces, comentarlos, charlarlos, debatirlos y transmitirte todo lo que la música logra provocar en mí. Contarte de recitales, de las bandas en las que toqué, de Cemento, de Die Schule. Imaginaba noches de insomnio escuchando juntos a los Ramones, a La Polla Records, a Rancid y a Social Distortion. Cuando todavía hablaba con tu mamá le pedí por favor que no se deshiciera de ellos, que te los guardara a vos, pero la verdad es que no sé qué habrá hecho. Alguna que otra vez te pregunté si los habías visto, pero hasta el momento no me supiste responder.

En “casa abu” te encanta tocar el piano. Te sentás en el banquito y tocas por todo el teclado, desde las teclas más agudas hasta las más graves. Creo que ya ponés las manos mejor que yo. “Tiene manos de pianista” han dicho por ahí. En “casa papá” hace tiempo que tenés tu mini guitarra y tu ukelele, este último azul, del mismo color que mi guitarra, y cuando nos dan ganas tocamos juntos y ponemos el pie arriba del puff así parecemos más cancheros. Para el día del niño te regalé un micrófono que te vuelve loco, cantamos de todo, sí, aunque no digas muchas palabras te encanta cantar. La vaca estudiosa de Maria Elena Walsh la cantás de principio a fin. Te tengo filmado, así que cuando crezcas te lo voy a mostrar. Espero que cuando seas un poquito más grande podamos tocar juntos, a dúo o con alguna banda. Y ojalá que salgas buen cantante porque yo apesto.

No sé cuantos años tendrás cuando leas esto, ni en qué estado estará nuestra relación, porque ya ni de la justicia dependemos, sino de la voluntad de tu mamá. Pero quiero que sepas que tengamos la edad que tengamos, siempre te voy a estar esperando con la guitarra o el bajo afinados, listo para abrazarte fuerte y tocar y cantar alguna de aquellas canciones que te susurraba al oído de bebé, e imaginar juntos que el tiempo que nos han robado no tiene importancia, y que desde ese momento, una vida hermosa nos espera.