El último abrazo en mucho tiempo

Hola Hijito, hoy es 19 de diciembre de 2017 y es muy probable que te haya dado el último abrazo en mucho tiempo. Hoy al mediodía hubo una actividad en tu jardín con motivo del cierre del año y no me la quería perder. Apenas llegué te vi en el hall con tu mamá, tu abuela, tu tía y uno de tus primos. Te saludé desde lejos y te sonreí. Vos me viste y cruzamos miradas.

Te noté raro. Te sentí  triste, desmejorado. Ya no percibí esa alegría incontrolable que siempre tenías al verme. Fue la primera vez que realmente sentí que los efectos de la alienación parental se habían empezado a apropiar de tu persona. Como antes nos veíamos una o dos veces por semana, ese poquito tiempo servía de campo de fuerza y todo lo que escuchabas en tu casa no te hacía efecto alguno, pero como hace ya dos meses que no nos vemos, esa energía ha mermado y la mentira ha empezado a echar raíces en tu cabecita.

Cuando las autoridades del jardín me vieron me hicieron entrar a la oficina de dirección, cosa que no me gustó. Ahí me dijeron que otra vez iba a venir la policía (ya es la tercera que vez que viene al jardín) porque tu mamá no quería que yo esté ahí. No lo podía creer. Ya todos saben que estoy autorizado por el juzgado a ir a actos escolares en tu jardín, e inclusive así le siguen dando cabida a los reclamos de tu mamá. La policía vino y obviamente dijo que yo me podía quedar, que en todo caso si tu mamá tenía algún problema podía irse en cualquier momento.

La actividad consistió en una especie de búsqueda del tesoro por todo el jardín. Hubo canciones, una sección de educación física con carrera de obstáculos, y terminó en tu aula con la entrega de carpetas. En cada momento de la actividad no perdí oportunidad para mirarte, saludarte, sonreírte y gesticularte con la boca un “te quiero mucho”. Vos me observabas confundido. A cada rato me buscabas tímidamente con tu mirada, como sabiendo que estabas haciendo algo que alguien no quería que hicieras. Tardaste un tiempo, pero finalmente me saludaste desde lejos con tu manito.

Yo me sentía muy raro. Tenerte tan cerca y ni siquiera poder darte la mano era de una impotencia enorme. Hasta que en un momento no aguanté más. Mientras mirabas tu carpeta con tu mamá, tu abuela, tía y primos, me acerqué, me agaché, te agarré del brazo y te abracé bien fuerte. Y en ese momento se detuvo el mundo. No había nadie más alrededor que nosotros dos. Te dije mil veces que te quiero mucho y que papá siempre iba a estar con vos. Después me levanté, saludé a la directora y me retiré. El objetivo principal, que era que me vieras y poder saludarte, se había cumplido.

Debo reconocer que me fui destrozado. Porque cada vez veo más lejano el hecho de que tu mamá afloje y quiera que pasemos tiempo juntos. Porque también me pone muy triste que el resto de su familia avale este comportamiento obstruccionista injustificado. Porque no te vi bien y no te percibí feliz. Porque noté que tus amiguitos jugaban alegres y vos parecías como apagado. Porque tengo miedo de que la próxima vez que te vea no sea más que un extraño en tu vida. Porque me debato internamente si debo seguir haciendo estas cosas o si debo dar un paso al costado y sólo seguir con mí lucha en el campo judicial y esperar a que pasen los años para poder revincularme con vos. Porque siento a flor de piel como tu infancia se me esfuma. Porque tengo miedo de que todo esto repercuta en tu vida adulta. Porque siento culpa de que tengas que pasar por todo esto. Porque me duele y porque también veo sufrir a la gente que me quiere. Porque soy tu papá y te extraño hasta el infinito. Y porque posiblemente este haya sido el último abrazo que te pueda dar en mucho tiempo.

La Música como quimera del encuentro

Hijo, como ya sabés, a Papá le gusta mucho la música. De hecho, en gran medida vos estás acá por ella, y en particular por el punk rock. Si no me provocara tanta pasión, nunca hubiera tenido un blog, y sin el nunca me hubiera cruzado con tu madre.

Estando en la panza de mamá fuiste a ver a Bad Religion al Malvinas. Para cuando seas grande la banda posiblemente haya dejado de tocar, pero al menos te quedará esa linda anécdota para contarle a tus amigos. De bebé, cuando todavía vivíamos los tres juntos (y con Sami, por supuesto), te solía hacer dormir en mis brazos, boca abajo, dándote palmaditas en la cola y susurrándote muchas canciones del punk nacional. Flema y Superuva recuerdo que te cantaba mucho. El linyera, Tanto tiempo, El Blanco cristal, Hoy no me voy a bañar, Remeras rockeras, son todas canciones que en algún lugar lejano de tu cerebro las tenés que tener guardadas, junto con mi voz y el calor de mis brazos.

Cuando me separé de tu mamá, ella se quedó con un montón de objetos personales míos. Guitarras, bajo, amplificador, documentos, llaves del auto, ropa, bicicleta, computadora, etc. Si bien fue una actitud horrible, lo material, y quienes me conocen lo saben, es algo que no me preocupa demasiado. Pero había algo entre todo eso que me sustrajo que me dolió porque tenía un valor emocional enorme, que era mi colección de cds. 90% discos de punk rock de todas las latitudes que fui juntando por más de 20 años. Imposible valorizarla. Ella lo sabía y por eso lo hizo, para golpearme duro. No me duele tanto por el objeto ni la música en sí. Ya me amigué con spotify y en breve quizás me compre un reproductor de vinilos para canalizar ese gusto tonto por comprar discos. Me duele mucho más otra cosa. Soñaba, y se lo había contado a tu mamá, escucharlos con vos, uno a uno y repetirlos infinitas veces, comentarlos, charlarlos, debatirlos y transmitirte todo lo que la música logra provocar en mí. Contarte de recitales, de las bandas en las que toqué, de Cemento, de Die Schule. Imaginaba noches de insomnio escuchando juntos a los Ramones, a La Polla Records, a Rancid y a Social Distortion. Cuando todavía hablaba con tu mamá le pedí por favor que no se deshiciera de ellos, que te los guardara a vos, pero la verdad es que no sé qué habrá hecho. Alguna que otra vez te pregunté si los habías visto, pero hasta el momento no me supiste responder.

En “casa abu” te encanta tocar el piano. Te sentás en el banquito y tocas por todo el teclado, desde las teclas más agudas hasta las más graves. Creo que ya ponés las manos mejor que yo. “Tiene manos de pianista” han dicho por ahí. En “casa papá” hace tiempo que tenés tu mini guitarra y tu ukelele, este último azul, del mismo color que mi guitarra, y cuando nos dan ganas tocamos juntos y ponemos el pie arriba del puff así parecemos más cancheros. Para el día del niño te regalé un micrófono que te vuelve loco, cantamos de todo, sí, aunque no digas muchas palabras te encanta cantar. La vaca estudiosa de Maria Elena Walsh la cantás de principio a fin. Te tengo filmado, así que cuando crezcas te lo voy a mostrar. Espero que cuando seas un poquito más grande podamos tocar juntos, a dúo o con alguna banda. Y ojalá que salgas buen cantante porque yo apesto.

No sé cuantos años tendrás cuando leas esto, ni en qué estado estará nuestra relación, porque ya ni de la justicia dependemos, sino de la voluntad de tu mamá. Pero quiero que sepas que tengamos la edad que tengamos, siempre te voy a estar esperando con la guitarra o el bajo afinados, listo para abrazarte fuerte y tocar y cantar alguna de aquellas canciones que te susurraba al oído de bebé, e imaginar juntos que el tiempo que nos han robado no tiene importancia, y que desde ese momento, una vida hermosa nos espera.