Esperanzas

Hijo, ¿vos sabías que a papá nunca le gustó hacer la cama? Quizá sea porque tampoco me molesta dormir con la cama desecha, no lo sé. El tema es que los dos días por semana que en algún momento supiste venir a “casa papá”, siempre tomé el recaudo de hacer previamente la cama y acomodar todo porque no me gustaba que vieras mi habitación ni la casa desordenada. Ahora ya hace dos meses que, aunque sigo yéndote a buscar como lo dice el juez,  tu mamá impide que nos veamos. Pero debe haber algo en mí que nunca me hace perder la esperanza, porque todos lunes y todos miércoles antes de salir al trabajo jamás me olvido de hacer la cama y dejar todo ordenado, por las dudas de que por la tarde podamos estar juntos y jugar un rato.

¿Te acordás que era lo que más te gustaba comer cuando estábamos juntos? Si, los palitos salados. Siempre me aseguré de tener un paquete a mano por si en algún momento te daba hambre. He llegado a hacer malabares tremendos como tenerte a upa dentro del subte lleno de gente, y abrir el paquete con la boca mientras hacía equilibrio para no caernos, todo porque a vos se te ocurría comerlos en los lugares y momentos más extraños. El último paquete que compré lo tengo todavía en el auto. Fue el 25 de octubre de 2017. Ese día te pasé a buscar y fue el primero de esta nueva secuencia inagotable de impedimentos de contacto. Posiblemente ya esté vencido. Lo cierto es que cada vez que subo al auto lo veo, pero no me resigno a tirarlo o a comerlo. Seguramente sean esas mismas esperanzas que tengo que algún día pueda comerlo con vos, las que me disuaden a que no lo haga.

Otra cosa que me niego a sacar del auto es tu silla. De vez en cuando miro para atrás, y la veo ahí, vacía, y me acuerdo de cómo charlábamos de la vida, yo adelante y vos atrás, tomados de la mano, carcajada de por medio, y no puedo creer haber llegado a esta situación. Sacarla sería como rendirme, como asumir que ya no hay chances de que volvamos a estar juntos, y me niego rotundamente, porque la esperanza es lo último que voy dejar que abandone mi cuerpo.

Tus juegos, juguetes, pizarrón y todas tus cosas siguen en “casa papá” igual que la última vez que viniste. Es más, en este preciso instante, mientras escribo estas líneas,  veo tu estación de servicio, tus autos, tu trencito eléctrico, tu fábrica de masa y tu caja de herramientas, y las percibo entristecidas por la falta de uso, y acongojadas por el lejano recuerdo de tus manitos sobre ellas.

Por último, te quiero contar, que de la última vez que fuimos a la plaza, nos quedó sin usar una de las fichas de los juegos mecánicos. Cuando saqué las monedas del pantalón la vi ahí, gris y ranurada, y desde ese entonces la guardo como un tesoro, como símbolo de esa misma esperanza que me da fuerzas para seguir adelante. No me pienso deshacer de ella porque no tengo dudas de que algún día la vamos a volver a usar. Espero que todavía tengas edad para subirte a los juegos porque eso habrá significado que se hizo justicia, pero de no ser así, se la regalaremos a algún otro chico, y nosotros nos sentaremos a hablar de la vida como lo hacíamos antaño, y pretenderemos, a fuerza de recuerdos, intentar suplir el tiempo perdido que nos expropiaron, y así iniciar el lento e interminable proceso de cicatrización de heridas. Papá te extraña más que nunca.

Bonzo, Sami y el amor por los perros

Hijo, ¿vos sabías que una de las cosas que me enamoraron de tu mamá fue su amor por los perros? Hasta haberla conocido mi relación con ellos había sido prácticamente de indiferencia. Siempre había vivido en departamento y a tu abuelo mucho no le agradaban, así que hasta ese entonces siempre había mantenido una suerte de distancia para con ellos.

Cuando la conocí a tu mamá ella vivía con dos. No recuerdo sus nombres, pero eran viejitas y ambas murieron mientras estábamos juntos, y yo la acompañé en el sufrimiento de las dos despedidas.

En Marzo de 2013 me convenció para que adoptara un perro y ella se ocupó de encontrarlo. Lo fuimos a buscar juntos una mañana a Valentin Alsina. Le puse Bonzo y experimenté el amor más fuerte y sincero que puede existir entre un ser humano y un animal. Lamentablemente lo tuvimos poco tiempo, porque Bonzo nos dejó el 21 de septiembre de ese mismo año. Fue la primavera más triste que viví. En ese entonces no recordaba haber llorado tanto en mi vida. El día que Bonzo murió tu mamá y yo decidimos empezar a vivir juntos, y al mes tuvimos la noticia de que vos estabas en su panza. El año que vivimos los tres juntos te hablamos mil veces de él, inclusive vos nos hacías acordar tanto a él que llegamos a pensar que eras su reencarnación. Me acuerdo que escondías tus juguetes en el mismo lugar que Bonzo escondía su orejita.

Después llegó Sami. Cuando vos estabas en la panza de tu mamá, un proveedor de mi negocio, quien había visto personalmente mi relación con Bonzo, me ofreció una cachorrita en adopción. El nombre lo eligió tu mamá y yo la fui a buscar hasta Ezeiza. Sami tenía 6 hermanos pero todos murieron. Ella fue la única sobreviviente, y posiblemente haya sobrevivido por el inmenso amor que le dimos tu mamá y yo. Al principio nos dijeron que tenía un soplo en el corazón, que no nos encariñáramos porque no iba a vivir mucho. Pero no les hicimos caso y Sami logró sobreponerse y hoy en día es la perra más loca y guardiana del mundo.

A ella también la extraño mucho. Hace más de un año que no la puedo ni tocar pero siempre escucho sus ladridos cuando toco el timbre de tu casa. Ella también debe haber sufrido mi ausencia.  Sin embargo nunca me pareció mal que se quedara con vos. Recuerdo que cuando la sacaba a pasear le decía que si alguna vez me pasaba algo que ella cuidara de vos. Y no tengo duda de que lo está haciendo. No tengo dudas de que si en algún momento vos estás en peligro ella va a dar su vida por vos, de la misma manera que lo haría yo. Yo la he visto imponer miedo cuando alguien se nos acercaba y creeme que asusta a cualquiera.

Me imagino que para un chico debe ser muy difícil, o quizá imposible, discernir qué cosa aprender de sus padres y qué es mejor olvidar. Pero si hay algo que me gustaría que aprendas y adoptes de tu mamá es su amor por los perros. Y yo, por mi lado, a pesar de todo lo que ha venido ocurriendo, siempre le voy a estar agradecido por haberme enseñado ese modo de vida tan especial, que es hacer de tu perro un integrante más de la familia.

Mi hijo, el fanático de los trenes

Hijo mío, apasionado por los trenes, o por los “chuchú”, como al menos les decías hasta la última vez que te vi, te quiero contar que todos los sábados a la mañana voy caminando desde mi casa hasta el Parque Rivadavia, y cada vez que cruzo las vías por la calle Ambrosetti, me detengo en ese monumental aglomerado de rieles de acero y no puedo evitar pensar en vos. Me encantaría hacer ese mismo trayecto tomados de la mano, porque sé que con Papá te encanta caminar largas distancias sin cansarte, y que nos detengamos sobre el puente a mirar desde las alturas ese paisaje ferroviario y el ir y venir de los vagones, mientras respiramos el aire urbano, cruzamos miradas cómplices y hablamos de todo un poco.

De bien chiquito te empezaron a gustar los trenes. Ni gateabas todavía y ya te habíamos regalado una locomotora que iba y venía por todo el departamento. Un tiempo después, cuando me separé de tu mamá y todavía nos veíamos, no pasaba día en que no me pidieras que te lleve a pasear en uno o simplemente ir a verlos pasar a la estación. No dejamos subte ni tren por conocer. Disfrutabas de cada instante del recorrido. Bajar la escalera, pasar la SUBE, traspasar el molinete, sentarnos a esperar, subirnos, apretujarnos entre las personas, comer unos palitos durante el viaje, bajarnos y luego regresar a nuestro punto de partida.

Te gustan tantos los trenes que un día se me ocurrió regalarte uno eléctrico. Armé las vías, conecté todo, y cuando llegaste a casa y lo viste te volviste loco de la emoción. Tengo filmado ese momento de alegría y exaltación, con vos accionando la palanca de velocidades y viendo a la formación trasladarse de un lado al otro del circuito. También, los tenés tan incorporados, que cada vez que cruzábamos un paso a nivel con el auto se te iluminaban los ojos de emoción y se te dibujaba una sonrisa hermosa en la cara, mientras señalabas las barreras con tu manito y me decías “Papá, chuchú”.

Lo cierto es, hijito mío, que cada día que pasa se me hace más difícil estar alejado de vos. La incertidumbre de no saber cuándo te voy a volver a ver es desesperante. En todo lo que hago te veo reflejado, y todo lo que emprendo lo hago para que algún día tengas la posibilidad de sentirte orgulloso del papá que no te dejaron disfrutar. Te extraño mucho.

Una Justicia para mamá, otra para papá (parte 2)

Hola hijo, hoy te quiero contar un poco más acerca de las diferencias en el accionar de la justicia en temas de familia, es decir, cómo este organismo adopta un criterio para las madres y otro diferente para los padres.

Para el 4 de Octubre de 2016 nos convocaron a tu mamá y a mí a una audiencia en el juzgado para tratar temas de régimen de comunicación y pago de alimentos, pero tu madre no se presentó, sin justificación alguna. Nos volvieron a convocar para el 14  de Junio de 2017 (sí, 8 meses después, viste como son los tiempos de la justicia, ¿no?), pero tu madre, otra vez, incompareció. Sin embargo, esta vez presentó un certificado médico. Nuevamente nos volvieron a convocar para el 30 de Junio, pero otra vez tu madre no se presentó, esta vez, al igual que en octubre del año pasado, sin justificación alguna.

¿Querés que te cuente por qué no se presentó? Por un lado hay un tema económico importante que quiere evitar afrontar a toda costa, pero prefiero no ahondar en esos detalles porque no es el foco de este escrito. Pero el otro motivo por el cual evitó presentarse en las audiencias es porque la secretaria del juez dijo que íbamos a fijar un pernocte (te ibas a empezar a quedar a dormir en mi casa), y ella eso no lo quiere bajo ningún punto de vista. Ella no quiere que pases tiempo conmigo y lo demuestra en cada una de las acciones que lleva a cabo. Ella piensa que sos una “cosa” de su propiedad. Ella piensa que no tenés derecho a pasar tiempo con papá, ni con tus abus, ni con tus tíos ni primos paternos. ¿Qué otra cosa justificaría su obrar tan mezquino y aberrante?

En paralelo, también nos convocaron tres veces del cuerpo médico forense para evaluar temas de vínculos y relaciones familiares. Tendríamos que haber ido los tres, pero tu mamá, obviamente, nunca se presentó. La primera fue el 28 de diciembre de 2016, la segunda el 24 de abril de 2017 y la tercera el 21 de junio de 2017. Todas sin justificación alguna. ¿Querés que te cuente por qué no fue? Quizá porque hubiera quedado en evidencia que vos te morís de ganas de pasar más tiempo conmigo. O que cada vez que me ves corrés desesperado a abrazarme gritando papá. Pero devuelta, no son cuestiones en las que me quiera explayar en este posteo.

En resumen, no se presentó a 6 instancias judiciales, 5 de ellas sin justificación, y a nadie le importó y nunca recibió ni recibirá ningún castigo por ello.

Por otro lado, en una de las tantas falsas denuncias que tu madre me hizo, me citaron a declarar a una fiscalía. Esto fue el 16 de mayo de 2016. Ese día tenía un compromiso laboral importante y pedí por escrito que se cambiara la fecha. No supe nada hasta el 5 de junio a las 6 AM cuando me tocó el timbre un policía diciendo que tenía una orden judicial para llevarme a la fiscalía. Así fue como cuatro policías (sí, cuatro) me esperaron en la puerta de mi edificio y me llevaron a declarar por la fuerza. Como un delincuente. Faltó que me esposaran y que me encapucharan la cabeza, pero me hicieron sentir horrible.

¿A esto le llaman justicia? ¿A esto le llaman igualdad de género? ¿Te das cuenta las diferencias que hace la justicia entre una mamá y un papá? Todo está tergiversado. Todo está desvirtuado. Somos culpables porque sí. Somos culpables tan solo por ser padres. Ojalá que para cuando te toque ser padre todo esto haya cambiado.

Impedimentos y Código Civil

Hola hijito, hoy es 20 de noviembre de 2017 y como todos los lunes a las 17 horas te fui a buscar a tu casa, pero otra vez tu mamá impidió ilegítimamente nuestro encuentro. Hoy se cumple un mes desde la última vez que te vi, y es el impedimento de contacto número 73 desde que empezó el juicio. Ya van 57 fines de semana seguidos y 16 días de semana en los que te voy a buscar como dice el régimen de comunicación del juzgado, pero que por excusas tan diversas como absurdas tu mamá impide que nos veamos.

Los incumplimientos empezaron en octubre de 2016. En ese entonces la abogada de tu mamá informó a la mía que los domingos ibas a empezar a tomar clases de educación física con tu tío. ¿Podés creerlo? Seguramente no, pero por suerte tengo el mail que lo corrobora. Muchos otros domingos directamente no hubo nadie en la casa, así que en varios de ellos fui a hacer la denuncia correspondiente a la comisaría y en otras ocasiones fui con un escribano para que labrara un acta de lo sucedido, porque tu mamá atinó a decir que era yo el que no te iba a buscar. Después hubo otras excusas como que te llevaron al médico, al psicólogo o que directamente te fuiste con tu mamá y un sinfín de otras justificaciones desatinadas. Y hoy por hoy, es tal la impunidad con la que se maneja, que llegamos a un caso como el de hace unas horas en el que toqué timbre, atendió el portero eléctrico y al escuchar mi nombre colgó, mientras yo escuchaba tu voz y los ladridos de Sami dentro de la casa. Por un instante pensé en gritarte para que reconocieras mi voz y sepas que no me olvidé de vos, pero finalmente opté por no hacerlo porque pensé que te iba someter a una angustia mayor si sabías que estaba afuera y tu mamá no te permitía irte conmigo. Volví a tocar el timbre en reiteradas ocasiones durante la media hora siguiente pero nunca más me contestó, entonces me retiré, triste, indignado y embroncado, mientras te seguía escuchando adentro.

El artículo 646 del código civil dice que “Son deberes de los progenitores respetar y facilitar el derecho del hijo a mantener relaciones personales con abuelos, otros parientes, o personas con las cuales el niño tenga vínculo afectivo.” El artículo 652 dice que “en el supuesto de cuidado personal atribuido a uno de los progenitores, el otro tiene derecho y el deber de fluida comunicación con el hijo”. Y el artículo 653 dice que “en el supuesto que el cuidado personal deba ser unipersonal, el juez debe priorizar al progenitor que facilita el derecho a mantener trato regular con el otro”.

Ahora yo me pregunto, ¿no es suficiente todo esto para que el juez tome una decisión categórica? ¿Por cuánto más tiempo vas a tener que sufrir esta situación? ¿Por cuánto más tiempo vas a tener que seguir soportando que te alejen de tu Papá y de toda su familia? ¿Cuánto más grande tiene que ser la herida, y cuánto más irreparable tiene que ser el daño para que lo hagan? Cómo ves, hijito querido, el problema de este país no es tanto la falta de leyes, sino la escasez de personas que tengan el coraje para hacerlas cumplir.

El Pernocte

Hoy es 4 de Julio de 2017. Hoy lloré. Lloré mucho. No por angustia y tristeza como en otras ocasiones. Esta vez fue por emoción y, posiblemente, también por desahogo. Después de 9 meses de haberlo solicitado, el juzgado dictaminó a mi favor la ampliación del régimen de comunicación y, a partir de ahora, te vas a poder quedar a dormir en “casa Papá” un fin de semana de por medio. Apenas me enteré de la noticia llamé a Pocha y a tu abuela, y apenas terminé la segunda llamada no pude contener el llanto. Fue largo, interminable, profundo, entrecortado, tosco. Yo sabía internamente que tu madre no lo iba a cumplir y que esto empeoraría las cosas (porque cada vez que el juzgado dictamina algo a mi favor ella monta en cólera y toma represalias), pero en ese instante fui feliz y ese sentimiento no me lo robó nadie. Porque los sentimientos son ingobernables, indomables y nunca nadie me los podrá apropiar, como sí me están  apropiando tu infancia y tu compañía.

Pocos días después empezaría una nueva pesadilla. Pero de eso te voy a contar en la próxima entrada.

Una Justicia para mamá, otra para papá (parte 1)

Hijo, ¿vos te pensás que la justicia le da la misma importancia a una denuncia proveniente de una madre que a una proveniente de un padre? Deseo fervientemente que para cuando vos seas grande esto cambie, pero hoy en día debo decirte que no, que es todo muy desigual, y que los padres somos muy discriminados.

A principios de noviembre de 2015 decidí separarme de tu madre. Ella me imploraba que me quedara, pero aquella vez, mi decisión fue definitiva. Ya no volvería. A los pocos días te fui a ver, pero ella me dijo literalmente: “si lo querés ver traeme veinte mil pesos”. Y ahí supe que desde ese entonces, todo iba a empezar a empeorar, y nuestras vidas serían una pesadilla.

A los pocos días de mi decisión, tu mamá me hizo una denuncia por amenazas (de muerte) y otra por violencia. Sin ninguna prueba de nada porque, simplemente, eran mentiras, y de una mentira es imposible conseguir una prueba. Tuve que contratar un abogado penalista, claro. Fui a juzgados, fiscalías, policía y cuerpo médico. En la denuncia de violencia fui sobreseído en julio de 2016 porque demostramos la falsedad de la misma. Claro, para los padres no existe el principio de inocencia. No somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, como en el caso de los asesinos u otros delincuentes,  sino que somos culpables por defecto, y tenemos que demostrar nuestra inocencia. La denuncia de amenazas siguió avanzando, la causa todavía está abierta y hasta es posible que termine en un juicio oral o probation, reitero, sin prueba alguna. Mi abogado dice que como son delitos puertas adentro les alcanza como prueba el mero relato de la “víctima”, cosa increíble pero real. Por otro lado, en julio de 2017 tu mamá me denunció por abuso sexual hacia vos (ya hablaré de eso próximamente). Te llevaron a una cámara gesell (a la cual no quisiste entrar), a mi me entrevistaron y analizaron peritos, y finalmente el 22 de septiembre fui sobreseído, aunque pocos días después, la fiscalía apeló el fallo, así que la causa hoy en día sigue abierta. ¿Cómo me siento? Ya te voy a contar más adelante, pero seguramente te lo imaginarás. Que por los pasillos de los juzgados te miren como violento y abusador, es algo a lo que de a poco te vas acostumbrando.

¿Pero sabías una cosa? Yo también la denuncié a tu mamá. Fui 12 veces a la comisaría a denunciar impedimento de contacto (tengo todos los comprobantes, claro), hasta de varias ocasiones tengo acta notarial de un escribano que corroboran los hechos, porque obviamente que la palabra sola de un padre no es suficiente, como sí lo es la palabra de una madre. También denuncié que me amenazó de muerte pero, a diferencia de ella, yo tengo como prueba un audio donde se escucha clarito la frase: “si lo tocas te mato”, haciendo alusión a que si te toco a vos me mata. Y también la denuncié por haberme rayado todo el auto, con vos en brazos, hecho del cual tengo un video donde se ve claramente todo lo sucedido y la situación tremendamente violenta a la cual te expone.

¿Pero sabes qué pasó con todas estas denuncias? Absolutamente NADA. ¿Qué explicación hay para que la denuncia de una madre sin prueba alguna prospere, mientras que la de un padre con pruebas quede en la nada? El interés superior del niño es una falacia que suena bien discursivamente pero que a nadie le interesa llevar a cabo concretamente. Esta desigualdad en el tratamiento de denuncias es una injusticia enorme. Es desesperante. Qué injusto que es todo, hijo, y cómo nos están haciendo sufrir. Las mezquindades, miserias y despechos de las personas adultas es algo que no podemos evitar, ahora, que el estado las apañe, es algo macabro y perverso.

Angustia

Hola Hijo, hoy es lunes 16 de Octubre y te pude ver después de 2 semanas. No pensarás que en estos 14 días no te fui a buscar, ¿no? Fui todos los días que me correspondían. Unas  veces no me contestó nadie y otras veces me dijeron que te habías ido con tu mamá, que te preguntaron y que dijiste que preferías irte con ella. Pero vos no te preocupes que yo sé muy bien que vos querés estar conmigo. No quiero que te sientas mal cuando leas esto, yo sé que me mienten para mortificarme, para que de una vez por todas baje los brazos, pero eso no va a ocurrir. ¡Ah!, y el sábado pasado tampoco faltó el golpe bajo de “¿ahora te acordás que tenés un hijo?, si lo dejaste en la calle”. Es una situación tragicómica, vos sabrás,  porque eso me lo suele decir tu abuela, desde el lado de adentro de mi casa, la cual compré un mes antes de separarme de tu madre, y donde desde entonces vivís vos con tu mamá y con ella. Pero bueno, cada loco con su tema, cuando crezcas lo vas a entender.

Fuimos a la plaza y después a mi departamento, o “casa papá”, como le decís vos. También manejaste el auto de papá tres veces. Ya sabes prender las luces y las balizas, abrir la ventana, mover la palanca de cambio, tocar la bocina y hasta prender el limpiaparabrisas. No veo la hora de enseñarte a manejar en serio.

Tres horas se pasan volando, y más cuando nos vemos tan poco. Por suerte aproveché para llenarte de besos y vos me abrazaste a cada rato. Cantamos, bailamos, nos pusimos la remera de Boca, hicimos choque de panzas y nos reímos a carcajadas muchas veces. Pero cuando te dije que te tenía que llevar a tu casa te pusiste triste, me hiciste puchero y me decías: “No papá…casa papá”.  Y así fue como te subí al auto a disgusto.

En el viaje charlamos mucho, de la mano, obviamente, porque siempre me pedís que te de la mano y papá se las rebusca para agarrar el volante y hacer los cambios con la izquierda para evitar soltarte con la derecha. Estacioné a dos cuadras para que caminemos los últimos minutos antes de la despedida. Y cuando llegamos, la hecatombe. Tu abuela en la puerta esperándote. Y vos, al darte cuenta de que ya era la hora de separarnos, empezaste a llorar y a gritar descontroladamente. Te tiraste al piso, no querías entrar a tu casa. Tuve que agarrarte y entrarte a la fuerza. La situación la vimos tu abuela y yo, pero ella nunca lo admitirá y se lo llevará a la tumba.

Di la vuelta y me fui llorisqueando de la impotencia. La impotencia de saber que estás sufriendo y no poder hacer nada. La impotencia de saber que ambos compartimos la misma angustia de no saber cuándo nos vamos a volver a ver. La angustia de saber que, aun con un dictamen de un juez, tu madre no nos deja vernos el tiempo y de la forma que nos corresponde y, en definitiva, la angustia de no saber cuánto tiempo pasará hasta abrazarnos otra vez.

Hola Hijo

Hola hijo, hoy empiezo un nuevo proyecto. Hoy empiezo a escribir otra vez.

Quizás sepas que hace algunos años tuve un blog a través del cual me pasaron un montón de cosas lindas. Conocí mucha gente, entrevisté músicos nacionales y extranjeros, entré a infinidad de recitales como cronista de prensa, me hicieron una nota en un programa de radio y, como si fuera poco, también conocí a quien tiempo después fuera tu mamá.

Como sabrás, en 2015 nos separamos, y a partir de ese entonces para tu madre pasé a ser la peor basura sobre la faz de la tierra. De un día para el otro me transformé en una persona violenta, agresiva, peligrosa, sometedora, acosadora y abusadora.

Aunque solo tengas tres años, puedo sentir que tu angustia es tan grande como la mía. Lo veo en tus ojos y lo siento en cada uno de los abrazos que nos damos, por más tiempo que pase entre uno y otro. Ambos somos rehenes de una situación que no merecemos. A los dos nos están sustrayendo algo muy preciado, algo que no se puede recuperar, que es el tiempo para estar juntos, inclusive a pesar de fallos e intimaciones judiciales que así lo dictaminan. ¿Qué niño merece que lo alejen de su padre?

He decidido volver a escribir para que cuando crezcas y lo desees, puedas conocer la historia, tu historia, nuestra historia, contada desde mi verdad. Esto lo hago por vos, por mí, y por toda la gente que me quiere y que está al tanto de la injusticia que se está cometiendo. Espero estar a la altura de tus expectativas. Arrancamos.