De piratas y superheroes

Hola hijito, ¿fuiste al planetario alguna vez? Hoy te quiero contar que el otro domingo fuimos a ver la función “Una de piratas” y estuvo muy linda. Y mirá cómo será el destino que la butaca a mi derecha quedó vacía toda la función. Qué lindo hubiese sido haberlo compartido con vos, agarrarte de la manito, recostarnos con la cabeza para arriba y contemplar maravillados la proyección sobre el domo del planetario. El espectáculo cuenta la historia de un pirata que navega a través del espacio en su barquito de papel, y recorre un montón de planetas y constelaciones. ¡No tengo dudas de que te hubiera encantado!

También quería aprovechar para contarte que hace unos días tu habitación ya tiene una cama hermosa. Es blanca con cajones azules, y le puse unas sábanas del Hombre Araña. No puedo evitar imaginarte acostado sobre ella, cobijado por Spiderman y por los brazos de papá, contándote un cuento, luego de una intensa jornada de juegos y carcajadas, charlando de la vida y soñando con un mundo mejor y más justo para todos los chicos.

Ya pasó mucho tiempo. Ocho meses desde que nos vimos al menos las poquitas horas que el régimen de comunicación que aún sigue vigente lo establece.  ¿Cuando nos volveremos a ver? Ya nadie lo sabe. Te extraño mucho hijito.

4 Meses

Hola hijito, hoy es 23 de febrero de 2018 y se cumplen 4 meses desde la última vez que te vi en torno al régimen de comunicación que dictaminó el juez. Parece mentira pero ya son 120 días de una decisión unilateral e ilegítima que coarta tu libertad y tu derecho a crecer acompañado de tu papá, tus abuelos y tu familia en general.

Hoy no tengo historia ni anécdota que contar. Sólo escribo para que sepas que no me he olvidado de vos. Te extraño cada día más y constantemente te tengo presente y fantaseo con volvernos a ver. “Casa papá” está demasiado silenciosa y ordenada, y ya nadie cocina “Rocklets”, ni toca la guitarra, ni dibuja en el pizarrón, ni prende el trencito eléctrico, ni come palitos conmigo.

120 días es mucho tiempo para mí, pero estoy seguro que debe ser mucho más para vos. Crecer sin el amor de tu papá debe ser difícil, pero imagino que mucho más duro debe ser cuando ese amor se te arrebata no por decisión de tu padre ni de la justicia, sino por la decisión de las mismas personas que dicen quererte.

Quiero decirte que no importa el tiempo que pase, que yo voy estar siempre listo para abrazarte y compartir tiempo con vos. Quedate tranquilo que tu lugar en la casa y en mi corazón lo vas a tener reservado de por vida. Te extraño cada día más.

Tus No Vacaciones

Hola hijito, ¿cómo estás? Te quería contar que hace unos días volví de vacaciones y durante las mismas nunca dejé de pensar en vos.

La única vez que nos pudimos ir de vacaciones vos tenías solamente algunos meses de vida y todavía vivíamos todos juntos con tu mamá. Fuimos a la costa, y me acuerdo que te metimos a la pileta, te mojamos los piecitos en el mar, y también fue el momento en que empezaste a comer algo de sólido como yogur, que en ese entonces te encantaba. Luego, tanto en 2016, 2017 y 2018, ya no pudimos compartir unas vacaciones los dos juntos.

Me hubiera encantado que vinieras conmigo. ¡Te hubieras subido al avión! Con lo que te gustan no me alcanza la imaginación para vislumbrar lo que hubiera sido tu carita en la sala de espera del aeropuerto viéndolos despegar y aterrizar y, una vez arriba, sentarte, abrocharte el cinturón y ver todos los paisajes a través de la ventana.

Adonde fui había montañas y ríos. Cada sendero que caminé me lo imaginé transitándolo con vos de la mano. Subiendo, bajando, trepando, corriendo, saltando. Con lo que te gusta todo eso hubieras quedado maravillado. También hubiéramos ido a comer a restoranes. Te hubieras sentado, papi te hubiese leído el menú y hubiéramos comido cosas muy ricas. También en una de esas nos metíamos al río. El agua estaba congelada, pero seguro que nos metíamos igual. Te hubiera agarrado bien fuerte porque a pesar de tener poquita profundidad la corriente estaba bastante brava.

¿Y sabés qué? También había un parque de diversiones con juegos que te hubiesen dejado atónito. Había varios a los que podríamos haber ido juntos. ¡Cómo te hubieras reído con los autitos chocadores! Papi se hubiera sentado del lado del volante y vos a su derecha, y hubiéramos manejado por toda la pista evitando ser chocados. ¡Iban rapidísimo! También nos podíamos haber subido al barco pirata. ¿Te hubieras animado? Y también había un tobogán altísimo, que solo podían tirarse los nenes chiquitos si iban acompañados de un mayor. Hubiéramos tenido que subir una escalera alta hasta cielo, sentarnos los dos en una alfombra y tirarnos abrazándonos bien fuerte. Hubiera sido una experiencia inolvidable para ambos.

Ya van varios meses que no te veo y cada día te extraño más. Me pregunto de qué manera estarás expresando la angustia de no poder estar con tu papá y me desespero. Te quiero mucho hijito.

Mi hijo y El Gauchito

Hijo, ¿vos sabías que gracias vos conocí al Gauchito Gil? Es decir, ya conocía su imagen y había visto infinidad de santuarios por todo el país, pero nunca se me había ocurrido leer acerca de su historia hasta que lo empezamos a frecuentar juntos.

Una de las plazas a la que más veces te llevé fue el Parque Los Andes, y en ese parque, además de calesitas y un montón de otros juegos, hay un santuario bastante grande del Gauchito Gil. Entonces, un día tomamos coraje y decidimos entrar. Tomados de la mano, silenciosos y con movimientos lentos nos fuimos acercando hasta ingresar. Una vez dentro vimos su figura grande e imponente, junto con decenas de velas rojas y otras ofrendas como bebidas alcohólicas, paquetes de yerba y cigarrillos. Nos llamó mucho la atención y nos dio mucha intriga por qué lo venía a venerar tanta gente.

Y así fue como todas las veces que volvimos a esa plaza pasamos a saludarlo. Algunas veces te lo sugería yo, y otras veces directamente me lo pedías vos. Y una vez le prendimos una vela, ¿te acordás?

Me pregunto qué pensará ahora el Gauchito que hace ya varios meses que no lo pasamos a saludar. ¿Pensará que nos olvidamos de él? ¿Pensará que nos mudamos a otra ciudad? ¿Qué pensará de ese nene y ese papá que siempre pasaban a verlo felices de la vida y que de un día para el otro dejaron de hacerlo? Lo único que sé, hijito, es que te prometo que vamos a ir a averiguarlo juntos, tengas la edad que tengas. Y, si el Gauchito nos da una mano para que sea más pronto que tarde, se lo vamos a agradecer mucho. Te quiero y te extraño cada día más.

Cumple del Primo

Hola hijo, hoy es 2 de enero de 2018 y tu primo León cumplió 4 años. ¿Te acordás de él? Se vieron poco porque vivía afuera, y ahora que viven cerca no pueden jugar juntos. Un lástima porque tienen casi la misma edad y se llevarían muy bien.

¡No sabés qué lindo cumple de piratas que hizo! Había un montón de nenes, se dibujaron un parche en el ojo, se pusieron sombreros, buscaron tesoros, jugaron a pescar  y un montón de otras cosas más.

¡Hasta tus abuelos se disfrazaron de piratas! Hay muchas fotos así que cuando nos veamos te las voy a mostrar porque estuvieron muy divertidos.

¿Sabías que para tu cumple de un año con tu mamá compramos un montón de cosas de Jake el Pirata? Todavía recuerdo cómo mirábamos juntos ese dibujito y cómo me sabía de memoria las canciones. Aquel día de 2015 quedará en la historia como el único cumpleaños que pudiste compartir con tu familia completa, tanto del lado de mamá como del lado de papá. Luego ya nunca más pudiste pasar un cumple con tu papá ni con su familia, como si una mitad de tu identidad hubiera sido borrada de un plumazo, unilateralmente y sin tu consentimiento. ¿A vos te parece justo?

Ya hace mucho tiempo que no te veo. Me pregunto cómo estarás, cuánto habrás crecido, qué palabras nuevas estarás diciendo o si ya tendrás un lenguaje más fluido. También me pregunto si te seguirás acordando de mí, y si quedará algún lugarcito de tu corazón que no haya sido contaminado aún con mentiras y difamaciones. Te extraño cada día más, hijo. Te mando miles de abrazos a la distancia.

El último abrazo en mucho tiempo

Hola Hijito, hoy es 19 de diciembre de 2017 y es muy probable que te haya dado el último abrazo en mucho tiempo. Hoy al mediodía hubo una actividad en tu jardín con motivo del cierre del año y no me la quería perder. Apenas llegué te vi en el hall con tu mamá, tu abuela, tu tía y uno de tus primos. Te saludé desde lejos y te sonreí. Vos me viste y cruzamos miradas.

Te noté raro. Te sentí  triste, desmejorado. Ya no percibí esa alegría incontrolable que siempre tenías al verme. Fue la primera vez que realmente sentí que los efectos de la alienación parental se habían empezado a apropiar de tu persona. Como antes nos veíamos una o dos veces por semana, ese poquito tiempo servía de campo de fuerza y todo lo que escuchabas en tu casa no te hacía efecto alguno, pero como hace ya dos meses que no nos vemos, esa energía ha mermado y la mentira ha empezado a echar raíces en tu cabecita.

Cuando las autoridades del jardín me vieron me hicieron entrar a la oficina de dirección, cosa que no me gustó. Ahí me dijeron que otra vez iba a venir la policía (ya es la tercera que vez que viene al jardín) porque tu mamá no quería que yo esté ahí. No lo podía creer. Ya todos saben que estoy autorizado por el juzgado a ir a actos escolares en tu jardín, e inclusive así le siguen dando cabida a los reclamos de tu mamá. La policía vino y obviamente dijo que yo me podía quedar, que en todo caso si tu mamá tenía algún problema podía irse en cualquier momento.

La actividad consistió en una especie de búsqueda del tesoro por todo el jardín. Hubo canciones, una sección de educación física con carrera de obstáculos, y terminó en tu aula con la entrega de carpetas. En cada momento de la actividad no perdí oportunidad para mirarte, saludarte, sonreírte y gesticularte con la boca un “te quiero mucho”. Vos me observabas confundido. A cada rato me buscabas tímidamente con tu mirada, como sabiendo que estabas haciendo algo que alguien no quería que hicieras. Tardaste un tiempo, pero finalmente me saludaste desde lejos con tu manito.

Yo me sentía muy raro. Tenerte tan cerca y ni siquiera poder darte la mano era de una impotencia enorme. Hasta que en un momento no aguanté más. Mientras mirabas tu carpeta con tu mamá, tu abuela, tía y primos, me acerqué, me agaché, te agarré del brazo y te abracé bien fuerte. Y en ese momento se detuvo el mundo. No había nadie más alrededor que nosotros dos. Te dije mil veces que te quiero mucho y que papá siempre iba a estar con vos. Después me levanté, saludé a la directora y me retiré. El objetivo principal, que era que me vieras y poder saludarte, se había cumplido.

Debo reconocer que me fui destrozado. Porque cada vez veo más lejano el hecho de que tu mamá afloje y quiera que pasemos tiempo juntos. Porque también me pone muy triste que el resto de su familia avale este comportamiento obstruccionista injustificado. Porque no te vi bien y no te percibí feliz. Porque noté que tus amiguitos jugaban alegres y vos parecías como apagado. Porque tengo miedo de que la próxima vez que te vea no sea más que un extraño en tu vida. Porque me debato internamente si debo seguir haciendo estas cosas o si debo dar un paso al costado y sólo seguir con mí lucha en el campo judicial y esperar a que pasen los años para poder revincularme con vos. Porque siento a flor de piel como tu infancia se me esfuma. Porque tengo miedo de que todo esto repercuta en tu vida adulta. Porque siento culpa de que tengas que pasar por todo esto. Porque me duele y porque también veo sufrir a la gente que me quiere. Porque soy tu papá y te extraño hasta el infinito. Y porque posiblemente este haya sido el último abrazo que te pueda dar en mucho tiempo.

El Bautismo de Lorenzo. Borrando a la familia.

Hola hijo, hoy es 10 de diciembre de 2017 y fuimos al bautismo de Lorenzo. Primero fuimos a la parroquia y después al salón a comer y a festejar, porque también cumplía un añito.

Había tantos chicos que los papás alquilaron un castillo inflable. ¡No sabés como se divirtieron todos! Saltaron, corrieron y gritaron hasta las cinco de la tarde que apagaron la velita y cortaron la torta.

Yo me puse contento porque a pesar del calor y del bullicio constante pude hacer dormir a tu primito de 8 meses en mis brazos, así que corroboré que mis dotes de “duerme bebés” siguen intactos.

A todos nos hubiera encantado que compartas este día con nosotros. Había un montón de gente que hace muchísimo tiempo que no te ve y otra que ni siquiera te conoce. Abuelos, tíos, primos, sobrinos y un montón de gente que ni siquiera yo conocía. Te hubieras divertido un montón y de seguro que te hubieras quedado dormido en el auto cuando volvíamos porque hubieras quedado agotado.

Este y cada uno de los encuentros familiares que te estás perdiendo por decisión de tu mamá, son una muestra que poco a poco tu identidad está siendo robada. Tu consciencia y sentimientos están siendo manipulados, y tu cerebro cada vez recuerda menos el amor que papá y su familia te han sabido brindar siempre que tuvieron la posibilidad.

Tu derecho a compartir tiempo con tu papá y su familia está siendo ultrajado ferozmente. Toda tu familia paterna te extraña mucho y sufre tu ausencia. Queremos abrazarte y darte las toneladas de amor que tenemos guardadas para vos. Te queremos mucho hijo.

Un almuerzo como los de antes

Hola hijito, hoy es domingo 3 de diciembre de 2017 y fuimos todos a almorzar a lo de tus abuelos. ¿Te acordás cuando vos venías? La última vez que pasamos juntos un día del fin de semana fue en octubre de 2016 y vos tenías poquito más de dos años, así que posiblemente te cueste acordarte de todo lo que hacíamos. Pero no te preocupes porque cuando nos volvamos a ver, tengas la edad que tengas, entre todos te vamos a hacer acordar de cómo disfrutabas de esos momentos.

Me acuerdo que te encantaba comer lo que te cocinaba tu Abu. Tenías dos platos preferidos. Pollo o carne con puré, pero siempre con alguna salsa de crema con puerros o algo por el estilo. Comías a upa de Papá, y te gustaba tanto que si me llagaba a distraer me agarrabas del brazo y me acercabas la cuchara al plato para que te siguiera dando la comida.

La casa de los abus es muy grande, y a vos te gustaba irte por todos lados. ¿Te acordás cuando jugabas a esconder el teléfono? Agarrabas el inalámbrico y los escondías en la habitación de los abus, debajo de la cama o entre las almohadas, lo hacías sonar desde la base, y te ibas corriendo por el pasillo hasta el comedor a llamar al abuelo o a la abuela para que lo buscaran. Las caras y gestos que hacías eran hermosos y muy tiernos.

Hoy fue un almuerzo como aquellos en los que vos también venías, solo que con un poquito más de gente porque hace ya bastante que tus tíos se volvieron a vivir a Buenos Aires. Vinieron León, Borja y Cata. Les tuve que prestar algunos de tus juguetes, no te enojás, ¿no? La casa siempre tiene más vida cuando hay chicos, ruido y desorden por todos lados, pero me resulta inevitable no ponerme triste pensando que faltás vos, y es imposible no imaginarte ahí, compartiendo el domingo con todos los chicos, tíos y abuelos.

Vivir de recuerdos no es sano, hijo, hasta inclusive es demasiado triste. Pero cuando te roban un hijo o un nieto, los recuerdos son lo único que mantiene viva la esperanza del reencuentro, y por más que el camino sea doloroso, hay que levantar la frente y transitarlo.

Esperanzas

Hijo, ¿vos sabías que a papá nunca le gustó hacer la cama? Quizá sea porque tampoco me molesta dormir con la cama desecha, no lo sé. El tema es que los dos días por semana que en algún momento supiste venir a “casa papá”, siempre tomé el recaudo de hacer previamente la cama y acomodar todo porque no me gustaba que vieras mi habitación ni la casa desordenada. Ahora ya hace dos meses que, aunque sigo yéndote a buscar como lo dice el juez,  tu mamá impide que nos veamos. Pero debe haber algo en mí que nunca me hace perder la esperanza, porque todos lunes y todos miércoles antes de salir al trabajo jamás me olvido de hacer la cama y dejar todo ordenado, por las dudas de que por la tarde podamos estar juntos y jugar un rato.

¿Te acordás que era lo que más te gustaba comer cuando estábamos juntos? Si, los palitos salados. Siempre me aseguré de tener un paquete a mano por si en algún momento te daba hambre. He llegado a hacer malabares tremendos como tenerte a upa dentro del subte lleno de gente, y abrir el paquete con la boca mientras hacía equilibrio para no caernos, todo porque a vos se te ocurría comerlos en los lugares y momentos más extraños. El último paquete que compré lo tengo todavía en el auto. Fue el 25 de octubre de 2017. Ese día te pasé a buscar y fue el primero de esta nueva secuencia inagotable de impedimentos de contacto. Posiblemente ya esté vencido. Lo cierto es que cada vez que subo al auto lo veo, pero no me resigno a tirarlo o a comerlo. Seguramente sean esas mismas esperanzas que tengo que algún día pueda comerlo con vos, las que me disuaden a que no lo haga.

Otra cosa que me niego a sacar del auto es tu silla. De vez en cuando miro para atrás, y la veo ahí, vacía, y me acuerdo de cómo charlábamos de la vida, yo adelante y vos atrás, tomados de la mano, carcajada de por medio, y no puedo creer haber llegado a esta situación. Sacarla sería como rendirme, como asumir que ya no hay chances de que volvamos a estar juntos, y me niego rotundamente, porque la esperanza es lo último que voy dejar que abandone mi cuerpo.

Tus juegos, juguetes, pizarrón y todas tus cosas siguen en “casa papá” igual que la última vez que viniste. Es más, en este preciso instante, mientras escribo estas líneas,  veo tu estación de servicio, tus autos, tu trencito eléctrico, tu fábrica de masa y tu caja de herramientas, y las percibo entristecidas por la falta de uso, y acongojadas por el lejano recuerdo de tus manitos sobre ellas.

Por último, te quiero contar, que de la última vez que fuimos a la plaza, nos quedó sin usar una de las fichas de los juegos mecánicos. Cuando saqué las monedas del pantalón la vi ahí, gris y ranurada, y desde ese entonces la guardo como un tesoro, como símbolo de esa misma esperanza que me da fuerzas para seguir adelante. No me pienso deshacer de ella porque no tengo dudas de que algún día la vamos a volver a usar. Espero que todavía tengas edad para subirte a los juegos porque eso habrá significado que se hizo justicia, pero de no ser así, se la regalaremos a algún otro chico, y nosotros nos sentaremos a hablar de la vida como lo hacíamos antaño, y pretenderemos, a fuerza de recuerdos, intentar suplir el tiempo perdido que nos expropiaron, y así iniciar el lento e interminable proceso de cicatrización de heridas. Papá te extraña más que nunca.

Bonzo, Sami y el amor por los perros

Hijo, ¿vos sabías que una de las cosas que me enamoraron de tu mamá fue su amor por los perros? Hasta haberla conocido mi relación con ellos había sido prácticamente de indiferencia. Siempre había vivido en departamento y a tu abuelo mucho no le agradaban, así que hasta ese entonces siempre había mantenido una suerte de distancia para con ellos.

Cuando la conocí a tu mamá ella vivía con dos. No recuerdo sus nombres, pero eran viejitas y ambas murieron mientras estábamos juntos, y yo la acompañé en el sufrimiento de las dos despedidas.

En Marzo de 2013 me convenció para que adoptara un perro y ella se ocupó de encontrarlo. Lo fuimos a buscar juntos una mañana a Valentin Alsina. Le puse Bonzo y experimenté el amor más fuerte y sincero que puede existir entre un ser humano y un animal. Lamentablemente lo tuvimos poco tiempo, porque Bonzo nos dejó el 21 de septiembre de ese mismo año. Fue la primavera más triste que viví. En ese entonces no recordaba haber llorado tanto en mi vida. El día que Bonzo murió tu mamá y yo decidimos empezar a vivir juntos, y al mes tuvimos la noticia de que vos estabas en su panza. El año que vivimos los tres juntos te hablamos mil veces de él, inclusive vos nos hacías acordar tanto a él que llegamos a pensar que eras su reencarnación. Me acuerdo que escondías tus juguetes en el mismo lugar que Bonzo escondía su orejita.

Después llegó Sami. Cuando vos estabas en la panza de tu mamá, un proveedor de mi negocio, quien había visto personalmente mi relación con Bonzo, me ofreció una cachorrita en adopción. El nombre lo eligió tu mamá y yo la fui a buscar hasta Ezeiza. Sami tenía 6 hermanos pero todos murieron. Ella fue la única sobreviviente, y posiblemente haya sobrevivido por el inmenso amor que le dimos tu mamá y yo. Al principio nos dijeron que tenía un soplo en el corazón, que no nos encariñáramos porque no iba a vivir mucho. Pero no les hicimos caso y Sami logró sobreponerse y hoy en día es la perra más loca y guardiana del mundo.

A ella también la extraño mucho. Hace más de un año que no la puedo ni tocar pero siempre escucho sus ladridos cuando toco el timbre de tu casa. Ella también debe haber sufrido mi ausencia.  Sin embargo nunca me pareció mal que se quedara con vos. Recuerdo que cuando la sacaba a pasear le decía que si alguna vez me pasaba algo que ella cuidara de vos. Y no tengo duda de que lo está haciendo. No tengo dudas de que si en algún momento vos estás en peligro ella va a dar su vida por vos, de la misma manera que lo haría yo. Yo la he visto imponer miedo cuando alguien se nos acercaba y creeme que asusta a cualquiera.

Me imagino que para un chico debe ser muy difícil, o quizá imposible, discernir qué cosa aprender de sus padres y qué es mejor olvidar. Pero si hay algo que me gustaría que aprendas y adoptes de tu mamá es su amor por los perros. Y yo, por mi lado, a pesar de todo lo que ha venido ocurriendo, siempre le voy a estar agradecido por haberme enseñado ese modo de vida tan especial, que es hacer de tu perro un integrante más de la familia.