Hola hijito de mi alma, te quiero contar que por estos días nos vimos dos veces. ¡No puedo creer lo gigante que estás! Tus brazos, tus piernas, tu carita, estás enorme.
Los dos encuentros se dieron en el jardín, en tu aula, el primero mientras jugabas con tus compañeros y el segundo mientras estabas merendando. ¡No sabés lo nervioso que estaba, en especial la primera vez!
Entré al aula, te busqué con la mirada entre todas las cabezas de tus amiguitos y finalmente te vi. Inmediatamente fui a tu encuentro, te abracé y me senté al lado tuyo, en el piso. Me miraste sorprendido pero con mucho amor. Estabas anonadado, cosa totalmente entendible ya que hacía cinco meses que no nos veíamos. Te apretujé todo lo que pude, te dije todos los te quiero del mundo, te dije que te había extrañado mucho, te conté que te había estado buscando y que nunca había querido desaparecer, te dije que te quería llevar a la plaza, ir a saludar al Gauchito, llevarte a lo de los Abus y todas las palabras y frases que se me ocurrieron entre esa mezcla extraña de nervios y alegría. Te pregunté si querías que vuelva la semana siguiente y me dijiste que sí con la cabeza.
Así que te abracé bien fuerte, te saludé y me volví caminando al trabajo, rebosante de alegría, con los brazos levantados, como festejando un gol, a los gritos por el medio de la calle.